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| ¿Que
conoces de nuestra provincia? Compruébalo
en este crucigrama. |
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| UNA
HISTORIA QUE NO CESA |
Una
mancha extensa, sin caducidad estacional, cose la tierra.
A punto de descubrir una localidad preñada de historia
y patrimonio, conducimos por un mundo habitado por ciervos
y corzos -lo avisa un pespunte de señales triangulares
en la carretera-, en el que las masas boscosas y los trigales
proponen su comunión de panorámicas. La
comarca por la que nos adentramos intercala los pinares
de verde perpetuo con los cambios que las piezas de labor
aportan al paisaje anual, en una suerte de testarudez
perenne permanente que le pone vida y olores al entorno
cerealista. Es el hábitat de una densa población
animal que comparte tierra con un paraíso micológico
bajo la pinocha otoñal. El reino de las acículas
conquistando dominios vegetales al norte del Duero. La
zona con intenso pasado resinero que no sólo ha
dejado heridas en los troncos, sino importantes huellas
de tradición y cultura. Es el pino, que se prolonga
desde la capital a ambos lados de la Nacional 111, en
tanto que el viajero se dirige al pueblo más grande
de la provincia. Un rosario de culturas, épocas
y viajeros, le aguarda. Más allá una hermosa
plaza, después el románico... Y la tierra
y la historia, que no cesan.
El pulso de comarca late con fuerza en Almazán.
Desembocadura múltiple de gentes y épocas,
su conglomerado histórico se inicia en la Edad
del Bronce, que dejó en El Guijar y el Soto Ocáliz
su estela antiquísima. Más tarde, el libro
de la historia volverá a abrirse por la página
del Hierro en el cerro del Cinto, para saltar al pasado
celtíbero en La Muela y Los Chopazos. Deambula
así el tiempo, repartiendo milagros. Maravillas
medievales recorren el espinazo adnamantino, que cobra
auge industrial y económico a las puertas del XXI.
Morón de Almazán.
En
el palacio de mi pueblo viven los reyes. Con ellos
los cabezudos, y con los cabezudos, una puerta de llave
grande que preside una bellísima plaza. El cuento
de un niño moronés empezaba así,
en un bello edificio señorial de una localidad
chiquita y no muy conocida de la provincia de Soria. Era
una plaza magnífica, el perfecto escenario de una
historia en la que empezar contando que en el palacio
viven los reyes, esos gigantes que en fiestas salen a
contemplar la equilibrada arquitectura de este rincón
sorprendente de las tierras adnamantinas.
Porque allí habita una restaurada iglesia de la
Asunción, en cuyo interior se conserva el sepulcro
de los Hurtado de Mendoza, un retablo mayor barroco y
una imagen románica de la Virgen. Domina el conjunto
una torre altiva, exquisitamente labrada en uno de sus
lados, en la que un reloj mecánico -que no de sol
aunque lo parezca- de 1540, delata la tradición
relojera de la zona. En el templo, gótico-tardío
y plateresco, conviven distintos tiempos, distintas fases
en una evolución sin distorsiones ni estridencias
de estilo. Más abajo está el Palacio de
los Mendoza y de los Ríos, una obra de corte renacentista
-aunque con reminiscencias todavía del gótico-
que hace no mucho tiempo se vació por dentro y
se puso cubierta nueva. Junto a su puerta, hendiduras
horizontales hablarán de su pasado como cuartel
de la Guardia Civil, que afilaba sus sables contra la
piedra blanda y caliza.
A su lado, el antiguo concejo de dos pisos y doble arquería
cuenta que fue construido en tiempos de los Reyes Católicos.
Está coronado -otro marcador horario en la plaza
moronesa- por la torre del reloj circular rematado por
una campana. Y en el centro, decorado con flor de lis
y con escamas, se alza el símbolo de la villa para
completar la hermosa escenografía de esta localidad
que, perdida la estación de tren, la convirtió
en casa rural y donde un campo de golf pone su contraste
verde entre el cielo y la tierra.
Más allá, a quince kilómetros de
Almazán, un pueblo a orillas de Duero asume joyas
en su apariencia humilde. Barca, que en tiempos estuviera
unida a Matute de Almazán a través de una
embarcación de madera, tiene iglesia románica
y picota, amén de un museo etnográfico que
regresa a los tiempos del cántaro, la chocolatera,
la colodra y las trébedes o el candil. Su templo,
románico del XIII con elementos góticos,
atesora un magnífico pórtico. Cerca, en
esta misma carretera que nos adentra por los vericuetos
del viaje adnamantino, la notable plaza Mayor de Velamazán
exhibe orgullosa rollo renacentista, palacio e iglesia
del XVI, castillo y torreón.
Ruta por el románico rural.
La comarca que hoy atravesamos con ánimo de viajeros
impenitentes es pródiga en manifestaciones románicas,
que salpican los pueblos con la generosidad de un estilo
que es casi apellido provincial. Así, un rosario
de ábsides, espadañas, retablos y portadas
se traduce en un itinerario por aldeas y caminos, que
derrocha a manos llenas una belleza de piedra y arte sacro.
Antes de nada, apuntar que también hay otras excursiones,
como las que nos llevan a admirar las secuoyas gigantes
de Matamala de Almazán, donde también hay
Museo de la Resina, o la que nos interna hasta Tardelcuende,
en el que la asociación de amas de casa ha recolectado
enseres y objetos para crear una casa-museo con palanganeros,
calderos de cobre, cantareras, cobertores, aguamanil y
herramientas de viejos oficios. La localidad, donde hay
casa rural y restauración, tiene intenso pasado
resinero y presente maderero, al tiempo que el verano
se encarga por su parte de atraer a sorianos y visitantes
a una de las piscinas más célebres de la
provincia.
Pero
vayámonos por esas carreteras de los pinares y
el cereal, para atravesar el festón de iglesias
prometido que empieza por el siglo XII en un templo de
Perdices, de notable portada con arquivoltas muy abocinadas
y decoradas con motivos geométricos. Más
allá está Nepas, donde la iglesia pone su
cruz en el mapa del románico con ábside
y capiteles de la portada meridional con cuadrúpedos
enfrentados. La de Nolay, muy reformada por los tiempos
posteriores, mantiene el siglo XII en su cabecera y la
sencilla portada. La de Escobosa tiene maciza espadaña;
la de Soliedra, junto a los restos del castillo, interesante
ábside de buena sillería; en Viana de Duero
también se alza al lado de su fortaleza arruinada;
en uno de los vértices de la comarca conserva la
de Villasayas galería porticada y portada con arquivoltas
decoradas con frisos alados y animales fantásticos;
Maján mantiene asimismo portada con arquivolta
y decoración poco habitual de los signos zodiacales;
la iglesia gótica de Adradas muestra elementos
románicos como el arco de portada con puntas de
diamante.... Y la lista, que se extiende al otro lado
de la comarca por pueblos como La Revilla, Monasterio,
Izana o Los Llamosos, se nutre de un estilo sólido,
sobrio y bellísimo, que hizo que a Soria la llamaran
-hermoso nombre para una provincia castellana- La Románica. |
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Todas
estas rutas forman parte de la amplia oferta del Patronato
Provincial de Turismo de Soria. Los contenidos y las
imágenes de cada uno de los recorridos han sido
facilitados a valonsadero.com por el propio Patronato.
Los textos son obra de Susana Gómez Redondo,
y las fotografías perteneces al archivo del Patronato
de Turismo, Fernando Santiago, Lourdes Lezcano, Félix
Lozano, Alejandro Plaza, Valentín Guisande, Manuel
Caloto y Paco Lucas.
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