05:45, 06-01-2009
 
 
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TIERRAS DE ALMAZÁN

UNA HISTORIA QUE NO CESA
Una mancha extensa, sin caducidad estacional, cose la tierra. A punto de descubrir una localidad preñada de historia y patrimonio, conducimos por un mundo habitado por ciervos y corzos -lo avisa un pespunte de señales triangulares en la carretera-, en el que las masas boscosas y los trigales proponen su comunión de panorámicas. La comarca por la que nos adentramos intercala los pinares de verde perpetuo con los cambios que las piezas de labor aportan al paisaje anual, en una suerte de testarudez perenne permanente que le pone vida y olores al entorno cerealista. Es el hábitat de una densa población animal que comparte tierra con un paraíso micológico bajo la pinocha otoñal. El reino de las acículas conquistando dominios vegetales al norte del Duero. La zona con intenso pasado resinero que no sólo ha dejado heridas en los troncos, sino importantes huellas de tradición y cultura. Es el pino, que se prolonga desde la capital a ambos lados de la Nacional 111, en tanto que el viajero se dirige al pueblo más grande de la provincia. Un rosario de culturas, épocas y viajeros, le aguarda. Más allá una hermosa plaza, después el románico... Y la tierra y la historia, que no cesan.
El pulso de comarca late con fuerza en Almazán. Desembocadura múltiple de gentes y épocas, su conglomerado histórico se inicia en la Edad del Bronce, que dejó en El Guijar y el Soto Ocáliz su estela antiquísima. Más tarde, el libro de la historia volverá a abrirse por la página del Hierro en el cerro del Cinto, para saltar al pasado celtíbero en La Muela y Los Chopazos. Deambula así el tiempo, repartiendo milagros. Maravillas medievales recorren el espinazo adnamantino, que cobra auge industrial y económico a las puertas del XXI.
Morón de Almazán.
“En el palacio de mi pueblo viven los reyes”. Con ellos los cabezudos, y con los cabezudos, una puerta de llave grande que preside una bellísima plaza. El cuento de un niño moronés empezaba así, en un bello edificio señorial de una localidad chiquita y no muy conocida de la provincia de Soria. Era una plaza magnífica, el perfecto escenario de una historia en la que empezar contando que en el palacio viven los reyes, esos gigantes que en fiestas salen a contemplar la equilibrada arquitectura de este rincón sorprendente de las tierras adnamantinas.
Porque allí habita una restaurada iglesia de la Asunción, en cuyo interior se conserva el sepulcro de los Hurtado de Mendoza, un retablo mayor barroco y una imagen románica de la Virgen. Domina el conjunto una torre altiva, exquisitamente labrada en uno de sus lados, en la que un reloj mecánico -que no de sol aunque lo parezca- de 1540, delata la tradición relojera de la zona. En el templo, gótico-tardío y plateresco, conviven distintos tiempos, distintas fases en una evolución sin distorsiones ni estridencias de estilo. Más abajo está el Palacio de los Mendoza y de los Ríos, una obra de corte renacentista -aunque con reminiscencias todavía del gótico- que hace no mucho tiempo se vació por dentro y se puso cubierta nueva. Junto a su puerta, hendiduras horizontales hablarán de su pasado como cuartel de la Guardia Civil, que afilaba sus sables contra la piedra blanda y caliza.
A su lado, el antiguo concejo de dos pisos y doble arquería cuenta que fue construido en tiempos de los Reyes Católicos. Está coronado -otro marcador horario en la plaza moronesa- por la torre del reloj circular rematado por una campana. Y en el centro, decorado con flor de lis y con escamas, se alza el símbolo de la villa para completar la hermosa escenografía de esta localidad que, perdida la estación de tren, la convirtió en casa rural y donde un campo de golf pone su contraste verde entre el cielo y la tierra.
Más allá, a quince kilómetros de Almazán, un pueblo a orillas de Duero asume joyas en su apariencia humilde. Barca, que en tiempos estuviera unida a Matute de Almazán a través de una embarcación de madera, tiene iglesia románica y picota, amén de un museo etnográfico que regresa a los tiempos del cántaro, la chocolatera, la colodra y las trébedes o el candil. Su templo, románico del XIII con elementos góticos, atesora un magnífico pórtico. Cerca, en esta misma carretera que nos adentra por los vericuetos del viaje adnamantino, la notable plaza Mayor de Velamazán exhibe orgullosa rollo renacentista, palacio e iglesia del XVI, castillo y torreón.
Ruta por el románico rural.
La comarca que hoy atravesamos con ánimo de viajeros impenitentes es pródiga en manifestaciones románicas, que salpican los pueblos con la generosidad de un estilo que es casi apellido provincial. Así, un rosario de ábsides, espadañas, retablos y portadas se traduce en un itinerario por aldeas y caminos, que derrocha a manos llenas una belleza de piedra y arte sacro. Antes de nada, apuntar que también hay otras excursiones, como las que nos llevan a admirar las secuoyas gigantes de Matamala de Almazán, donde también hay Museo de la Resina, o la que nos interna hasta Tardelcuende, en el que la asociación de amas de casa ha recolectado enseres y objetos para crear una casa-museo con palanganeros, calderos de cobre, cantareras, cobertores, aguamanil y herramientas de viejos oficios. La localidad, donde hay casa rural y restauración, tiene intenso pasado resinero y presente maderero, al tiempo que el verano se encarga por su parte de atraer a sorianos y visitantes a una de las piscinas más célebres de la provincia.
Pero vayámonos por esas carreteras de los pinares y el cereal, para atravesar el festón de iglesias prometido que empieza por el siglo XII en un templo de Perdices, de notable portada con arquivoltas muy abocinadas y decoradas con motivos geométricos. Más allá está Nepas, donde la iglesia pone su cruz en el mapa del románico con ábside y capiteles de la portada meridional con cuadrúpedos enfrentados. La de Nolay, muy reformada por los tiempos posteriores, mantiene el siglo XII en su cabecera y la sencilla portada. La de Escobosa tiene maciza espadaña; la de Soliedra, junto a los restos del castillo, interesante ábside de buena sillería; en Viana de Duero también se alza al lado de su fortaleza arruinada; en uno de los vértices de la comarca conserva la de Villasayas galería porticada y portada con arquivoltas decoradas con frisos alados y animales fantásticos; Maján mantiene asimismo portada con arquivolta y decoración poco habitual de los signos zodiacales; la iglesia gótica de Adradas muestra elementos románicos como el arco de portada con puntas de diamante.... Y la lista, que se extiende al otro lado de la comarca por pueblos como La Revilla, Monasterio, Izana o Los Llamosos, se nutre de un estilo sólido, sobrio y bellísimo, que hizo que a Soria la llamaran -hermoso nombre para una provincia castellana- La Románica.
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    TIERRAS ALTAS
    TIERRA DEL VALLE
    LA SORIA VERDE
    SENDERO IBÉRICO SORIANO
    CAMINO DEL CID
 
NUEVA RUTA
  LA CELTIBERIA SORIANA
Todas estas rutas forman parte de la amplia oferta del Patronato Provincial de Turismo de Soria. Los contenidos y las imágenes de cada uno de los recorridos han sido facilitados a valonsadero.com por el propio Patronato. Los textos son obra de Susana Gómez Redondo, y las fotografías perteneces al archivo del Patronato de Turismo, Fernando Santiago, Lourdes Lezcano, Félix Lozano, Alejandro Plaza, Valentín Guisande, Manuel Caloto y Paco Lucas.
 
 

 

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